Autor: Prof. Jeroh Juan Montilla

 

 

 

 

RESUMEN
Se presentan las tres etapas de los estudios históricos de la obra Michel Foucault: la arqueológica, la genealógica y la ética. Generalizadas en una permanente búsqueda por comprender las diversas formas de constituirse históricamente el sujeto, los juegos de verdad y las prácticas del poder. Saber, poder y subjetividad en una visión que explora sus reglas de surgimiento, de inclusión y exclusión. Se traza el ejercicio de metodología historiogáfica de suspensión de la noción de continuidad y la sustitución de la misma por la de discontinuidad. La aplicación de esta última por medio del uso de los conceptos nietzscheanos de procedencia y emergencia. Se detallan los cuatro principios de análisis: el trastocamiento, la discontinuidad, la especificidad y la exterioridad. Todo esto desemboca en la aplicación del método arqueológico-genealógico. Consistiendo lo arqueológico un análisis de todas aquellas condiciones que forman y modifican las relaciones entre sujeto y objeto, todo en función de observar dichas condiciones como generadoras de saber. Siendo el método genealógico un modo de redefinir la noción de poder como no negativa, su corporalización mediante tecnologías disciplinarias, su regeneración institucional, su instalación en los discursos y su caracteristica como fuente de saber.
Palabras clave: Saber, poder, subjetividad, discurso, método arqueológico-genealógico.


Michel Foucault, filósofo, sicólogo e historiador, nacido en Francia en 1926 y fallecido en 1984. Sus obras más resaltantes son: El nacimiento de la clínica, La arqueología del saber, Historia de la locura en la época clásica, Historia de la sexualidad y Vigilar y castigar. Su pensamiento reúne influencias disímiles como el positivismo, la visión radical de Nietzsche y el estructuralismo francés. Toda su obra es la expresión de un deseo constante por comprender ese juego de relaciones que se expresan en las diversas formas de constituirse históricamente el sujeto, los juegos de verdad y las prácticas del poder. Foucault rompe con la visión negativa, jurídica y estatal del poder, y con la visión esencialista e idealista de la subjetividad. Esta última tiende a constituirse de diversos modos en la historia.

Foucault evita la noción de ideología en la relación entre sujeto y verdad, como también la idea de represión con que siempre se asocian las relaciones sujeto/poder. Para Foucault el poder tiene forma positiva. Una cosa son las relaciones de poder y otra las de dominación. El poder tiene distintas formas en distintos niveles. La verdad es una construcción de consenso de los individuos libres pero que está sujeta a una red de prácticas de poder y a una serie de instituciones al servicio de la dominación. Esto conduce a la dicotomía de saberes libres y saberes sometidos. Hay saberes históricos que han sido encerrados en sistematizaciones. El surgimiento de estos contenidos o saberes permite evidenciar rupturas y enfrentamientos en las organizaciones sistemáticas que manejan u ocultan el saber. Un modo de ocultar el saber es a través de la jerarquización del mismo. Estas jerarquías califican, descalifican y marginan. Puede hablarse entonces de un saber paralelo o marginal que no ha alcanzado la categoría de saber común, y un saber específico, local. Foucault cree en una lucha de saberes donde la crítica opera como el agente que potencia la aparición de los saberes sometidos y de la sorda lucha a donde son confinados estos. La historia es también una fuente de saberes predominantes y saberes sometidos. Hubo un discurso histórico donde predominaba la narración de lo grande, de lo importante. Sin embargo en los últimos tiempos esta narratividad ha sido invadida por la historia social, donde una serie de temas marginales o marginados han ocupado un lugar significativo.

Todo esto llevó a Michel Foucault a proponer un nuevo tipo de redacción histórica conocida bajo el nombre de arqueológica-genealogica, la cual, básicamente, da cuenta de cómo se constituye en la trama histórica el sujeto, los dominios de éste, los saberes, los discursos, etc., sin recaer en la idea trascendente del sujeto dentro del campo de los acontecimientos históricos. Estos últimos solo responden es al azar de las confrontaciones, no hay la mecánica de un destino histórico de por medio.
Los acontecimientos no se plasman en la sucesión de una intencionalidad transhistórica, no hay continuidad. Esta categoría de continuidad que sostiene el discurso histórico académico y tradicional está vinculada a nociones como: tradición, influencia, desarrollo, mentalidad y evolución hacia un estadio normativo.
Frente a esta estructura de continuidad Foucault opone los conceptos nietzscheanos de procedencia y emergencia, donde no se buscan orígenes últimos, el presente es considerado desde una perspectiva no finalística y la verdad histórica se sustenta en lo heterogéneo, lo complejo, lo frágil y lo contingente. No hay obediencia a supuestas leyes de evolución o determinismos. La historia es en realidad un entramado y no un flujo continuo de acontecimientos.
El desarrollo del pensamiento de Foucault puede según Bici (2005) dividirse en tres etapas, la arqueológica, la genealógica y la ética. La primera etapa arqueológica se centra sobre la pregunta ¿Qué puedo saber? Y esta se responde con el análisis de los efectos y sistemas de verdad implícitos en los discursos. Aquí Foucault apela a un escepticismo sistemático y metódico para con todos los universales de tipo antropológico. La palabra eje es Saber. La segunda etapa, la genealógica, discurre entorno a la interrogante ¿Qué puedo hacer? Aquí se realiza un análisis de las relaciones de poder, lo cual lleva a un análisis político de la verdad como fuente de tipos específicos de normatividad. La palabra eje es Poder. Y una tercera etapa donde Foucault muestra un interés por la subjetividad, las técnicas y tecnologías con la cual esta se construye. La pregunta aquí es ¿Quién soy yo? Se intenta así aproximarse a esa relación del yo consigo mismo. La palabra eje es Subjetividad.
Según Foucault (1970), en su famosa respuesta al Círculo de Epistemología de la Escuela Normal Superior de París:
Para la historia, en su forma clásica, lo discontinuo era a la vez lo dado y lo impensable: lo que se ofrecía bajo la forma de acontecimientos, instituciones, ideas o practicas dispersas; y aquello que el discurso del historiador debía contonear, reducir, borrar para que apareciera la continuidad de los encadenamientos. La discontinuidad era ese estigma del desperdigamiento temporal que el historiador estaba encargado de suprimir de la historia (Pág. 223)
Se observa como lo continuo es un asunto de la conciencia dentro de su función imperativa sobre lo real como fuente originaria del saber. Pero para Foucault la realidad histórica es un ámbito discontinuo, lleno de aristas y fracturas, que la conciencia, la subjetividad, trata de reducir hasta hacer creer que el esquema del discurso mismo es lo absolutamente real. La fluidez es la imagen más conveniente en la descripción de lo consciente, sin embargo lo real, en si mismo, es simultáneo, frondoso y desborda la pretensión sintética del discurso histórico clásico. Por tanto la continuidad y la discontinuidad no constituyen un problema de la historia como acontecimiento, mas bien es un dilema interno del discurso historiográfico que intenta, a su vez, reflejarlas de acuerdo a sus propósitos epistémicos.
Como ya se dijo más arriba, el supuesto de la continuidad está indisolublemente ligado a una serie de nociones. Foucault (1970) afirma: “No tienen sin duda una estructura conceptual muy rigurosa; pero que su función es muy precisa” (Pág. 227) Se puede debatir hasta la saciedad los distintos sentidos de estas nociones pero su efecto funcional siempre será el mismo. Estas nociones Foucault las describe del modo siguiente: a) La noción de tradición que sitúa cualquier novedad en “un sistema de coordenadas permanentes” y ofrece a los fenómenos una naturaleza constante. b) La noción de influencia que proporciona una base “a los hechos de transmisión y comunicación” c) La noción de desarrollo que consiste en dibujar una sucesión de acontecimientos como la expresión de un solo y mismo “principio organizador” d) La noción de mentalidad o de espíritu de una época, por medio de la cual se efectúa la instauración de una unidad de sentido entre fenómenos que se manifiestan de modo simultaneo o sucesivo. e) La noción de teleología o de evolución hacia un estadio normativo que interpreta la actividad histórica a causas y fines últimos. Para Foucault es necesario abandonar este sumario de cosas ya hechas que de entrada resultan indiscutibles antes de cualquier investigación, lo viable es cruzarse en un primer momento con un conjunto de acontecimientos dispersos. Esto es a grandes rasgos los pasos iniciales del método genealógico donde se efectúa el acto deconstructivo de todas las representaciones habituales, las cuales según Magaldy Tellez (1995) están estrechamente ligadas a las “imágenes de continuidad, de permanencia, de orígenes y fines últimos, de variaciones de lo constante, de sujeto-conciencia constituyente, de manifestaciones de un centro” (Pág. 168) La idea es dejar de lado cualquier atadura esencialista que resulta limitante desde el ángulo reflexivo y sin duda conduce de manera monótona a un mismo origen o centro del saber.
Foucault cree que buscar el origen:
…es intentar encontrar “lo que estaba ya dado”, lo aquello mismo de una imagen exactamente adecuada así; es tener por adventicias toda la peripecias que han podido tener lugar, todas las trampas y todos los disfraces. Es intentar levantar las mascaras, para develar finalmente una primera identidad (Págs. 9 y 10)

Sin embargo el genealogista está más ocupado en la historia que en la metafísica. Detrás de los acontecimientos no hay esencia alguna. Lo que algunos quieren identificar como esencia es la hechura de algo construido trozo a trozo “a partir de figuras que le eran extrañas”. Lo originario es antes de la caída del paraíso, es la orilla de los dioses. En cambio “el comienzo histórico” es insignificante y cáustico. Origen y comienzo no tienen la misma significación, entre ellos no existe ninguna relación de sinonimia. En verdad retrotraerse es viajar al infinito, siempre habrá un punto nebuloso que te remite una y otra vez aún detrás sucesivo e interminable, hasta caer perdido en la oscuridad total de lo razonable. Todo origen lleva tautológicamente al origen del origen. El genealogista lo que hace en verdad es ocuparse en la minuciosidad y suerte de los comienzos. En los bajos fondos de la historia. Aborda lo histórico usando los conceptos nietzscheanos de procedencia y emergencia.
Procedencia es un término, muy al contrario de lo que puede llegar a creerse, que no remite al investigador a una búsqueda de los orígenes últimos. Más bien hace evidente que aquello que ha sido bautizado como “verdades históricas” se sustentan es sobre un ámbito heterogéneo y contingente. En alemán la palabra procedencia se conoce como Herkunft. Foucault en Microfísica del poder la define como:
…la fuente, la procedencia es la vieja pertenencia a un grupo –el de sangre, el de tradición, el que se establece entre aquellos de la misma altura o de la misma bajeza –Con frecuencia el análisis de la Herkunft hace intervenir la raza o el tipo social. Sin embargo, no retrata precisamente de encontrar en un individuo, un sentimiento o una idea, los caracteres genéricos que permiten asimilarlo a otros –y decir: este es griego o este es inglés -; sino de percibir todas las marcas sutiles singulares, subindividuales que pueden entrecruzarse en él y formar una raíz difícil de desenredar. Lejos de ser una categoría de la semejanza, un tal origen permite desembrollar para poner aparte, todas las marcas diferentes (Pág. 12)
En relación al término emergencia, que en alemán es Entstehung, “designa el punto de surgimiento”. Si se evade la continuidad en la procedencia, en la emergencia se lude lo “finalístico”. Los llamados fines últimos no siempre fueron lo que de ellos se acepta, tómese por ejemplo el castigo. Éste se aplica hoy con el fin de edificar o aleccionar. Sin embargo en otras épocas su fin fue la venganza, la exclusión, el atemorizar, el liberar, etc. Así cada situación en la emergencia actualiza su entramado de aconteceres., objetiva todas las fuerzas pugnantes por dominar, controlar y suprimir. En realidad, genealógicamente, no hay un origen sino múltiples comienzos, una red de procedencias.

El análisis histórico-crítico, objeto y sujeto en el conocimiento

Hacia el año 1980 Michel Foucault (1994) publica en el Dictionnaire des Philosophes una nota donde establece a grandes rasgos una visión retrospectiva de lo que hasta ese momento venía siendo su trabajo de investigación histórica. Un detalle de dicha nota es que Foucault la firma con otro nombre, el de Maurice Florence, por lo tanto las referencia a él son en tercera persona.
Foucault en este texto ubica su trabajo dentro del criticismo kantiano, lo denomina una Historia crítica del pensamiento. Afirma que:
Esta no ha de entenderse como una historia de las ideas, que al mismo tiempo, sería un análisis de de los errores que, una vez cometidos, pudiesen ser medidos. Tampoco ha de entenderse esa historia como un desciframiento de los desconocimientos a los que estarían ligadas las ideas y de los que pudiera desprenderse lo que pensamos hoy en día” (1984: 1)
No pretende estudiar ni los supuestos aciertos y desaciertos del mundo de las ideas, ni lo que las mismas han dejado por fuera constituyendo así la explicación originaria de las ideas de la actualidad.
En su visión Foucault hace hincapié en establecer tanto un marco general como uno específico de lo que llama la investigación histórico-crítica. En ella se concibe al pensamiento como un acto que ubica a un sujeto y a un objeto en la diversidad de sus posibles relaciones. El marco general consistirá en un análisis de todas aquellas condiciones que forman y modifican las relaciones entre sujeto y objeto, todo en función de observar dichas condiciones como generadoras de saber. El análisis no intenta definir el aspecto formal de la relación entre sujeto y objeto, ni como en la experiencia el sujeto tomo conciencia de un objeto ya dado en la realidad. Lo que si le importa es como debe ser el sujeto, su condición necesaria dentro de lo real para merecer legitimidad ante un tipo de conocimiento, como se subjetiva el sujeto, valga la redundancia. Todo esto “…porque ese modo evidentemente, no es el mismo cuando el conocimiento del que se trata tiene la forma de la exégesis de un texto sagrado, de una observación hecha por la historia natural o del análisis del comportamiento de un enfermo mental” (1984: 1) Igualmente el objeto en relación al sujeto. Cuales serían las condiciones necesarias para que un objeto determinado llegue a ser conocimiento, como puede objetivarse en los distintos saberes posibles. No interesa, para este análisis, la revelación o el ocultamiento de la verdad sino es los “juegos de la verdad”. Esa red que lleva al sujeto a preguntar por lo verdadero y lo falso.
En relación al marco específico Foucault aclara que no plantea su análisis “…en relación con cualquier juego de verdad” (1984: 2) Se ha restringido solo a esos juegos de verdad donde el sujeto es el objeto de conocimiento. Centra su análisis en como se constituyeron los distintos juegos para este fin. Foucault estudia así al sujeto como objeto de conocimiento científico. Analiza algunas de las llamadas Ciencias Humanas dentro de sus prácticas y discursos desarrollados en los siglos XVII y XVIII.
Estas relaciones entre sujeto y verdad le llevan a establecer tres principios metódicos: 1) Un rechazo a través del escepticismo sistemático de los “universales antropológicos”. La tarea no es eliminarlos de plano, sino ponerlos en cuestión. Todo aquello que en el campo del saber se sustenta en una de validez universal que tiene como marco la naturaleza humana es digno de toda duda. 2) No hay que remontarse a un Sujeto, filosóficamente constituyente, que explique la generalidad del conocimiento. Al contrario, hay que descender “hacia el estudio de las prácticas concretas por las que el sujeto se encuentra constituido en la inmanencia de un dominio de conocimiento” (1984: 3) No hay que buscar explicación en Dios, la Razón, el Hombre, la Historia, en ninguna de estas abstracciones en mayúsculas. El sujeto y el objeto son lo que constituyen de acuerdo a las condiciones simultaneas, ellos se modifican entre si, pero a su vez modifican ese mismo campo de las condiciones. 3) Esto lleva a un principio donde hay que “dirigirse a las ‘prácticas’ como dominio de análisis, abordar el estudio por la línea oblicua de lo que ‘se hacía’” (1984: 4) En el análisis hay que irse por el sesgo, por lo que son los modos de hacer más o menos regulados, reflexionados y acabados. En estos se configura “…a) lo que estaba constituido como real para quienes buscaban pensarlo y regirlo; y b) la manera en que éstos se constituían como sujetos capaces de conocer, de analizar y, eventualmente, de modificar lo real (1984: 4)

Análisis arqueológico
Ante todo es importante señalar que Foucault emprende en Arqueología del saber (1990) un vuelco al término arqueología. En sus propias palabras: “Hubo un tiempo en que la arqueología, como la disciplina de los monumentos mudos, de los rastros inertes, de los objetos sin contexto y de las cosas dejadas por el pasado, tendía a la historia y no adquiría sentido sino por la restitución de un discurso histórico: podría decirse, jugando un poco con las palabras, que, en nuestros días, la historia tiende a la arqueología, a la descripción intrínseca del monumento” (1990: 11) Esta historia anteriormente, en su hacer tradicional, memorizaba esos monumentos del pasado, los convertía así en documentos para hacerlos decir algo, algo que, según Foucault no era lo mismo que cuando estaban en silencio. Ahora no, la historia de estos días se dedica a lo contrario, transforma los documentos en monumentos. Ya no se trata únicamente de buscar las bases sobre las que se elevan las verdades que nos corresponden, las actuales. Ahora hay que indagar por que son posibles algunas verdades y son excluidas otras. Cuales son las condiciones para que haya un saber y no otro. No es buscar las verdades del pasado sino más bien el pasado de estas verdades de ahora. Entonces la importancia no está en la verdad del documento en si sino bajo que condiciones apareció éste.
Esto lleva a Foucault a trabajar en la descripción del archivo. De la Fuente y Messina (2003) dicen que se entiende por éste: “…no la masa de textos recuperados de una época sino el conjunto de las reglas que en un tiempo y lugar definen sobre qué se puede hablar, cuales discursos circulan y cuáles se excluyen, cuales son válidos, quienes los hacen circular y a través de que canales” (2003: 2) El análisis arqueológico se centra así en lo exterior de los discursos, analiza la existencia de estos como práctica discursiva y social. Para él la producción discursiva de toda sociedad está controlada, seleccionada y redistribuida por algunos procedimientos que conjuran y dominan cualquier hecho aleatorio al mismo discurso. Estos son detallados con precisión en su libro Orden del discurso (1999) En el primer grupo están los de exclusión, es decir, la palabra prohibida, la separación de la locura y la voluntad de verdad. En el segundo lugar se encuentran los de procedimiento interno al discurso, son el comentario, el autor y las disciplinas. Y un tercer grupo están los que imponen las condiciones discursivas, las reglas y su limitación de acceso a ellas, aquí están las sociedades del discurso, las doctrinas y la educación. Exponiendo para este análisis los cuatro principios de método reguladores del análisis discursivo que se oponen a los tres grupo de nociones o procedimientos de exclusión y control. Estos cuatro principios de análisis son el trastocamiento, la discontinuidad, la especificidad y la exterioridad.
El trastocamiento perturba y desordena esas figuras donde la tradición ubica la fuente, la continuidad y la abundancia del discurso, tales como el autor, la disciplina y la voluntad de verdad. La discontinuidad corta el reino de la ilimitada continuidad. El Logos que todos los historiadores tratan de restituir en un afán de unificar todos los discursos. Los discursos se cruzan, se yuxtaponen pero igualmente se excluyen a si mismos. El principio de especificidad deja de lado las “necesarias” significaciones previas, no hay nada prediscursivo en el mundo que de la clave para descifrar. Los discursos son prácticas impuestas por el hombre sobre las cosas, es en esto donde se regulan. La exterioridad es no ir hacia núcleo del discurso, sino partir del discurso mismo para encontrar esa condicionalidad externa que lo motiva y lo limita.
En resumen, el análisis histórico tradicional pone el acento en la continuidad de las grandes unidades mientras la arqueología busca los trastrocamientos, las interrupciones que corren bajo esas unidades históricas. La historia tradicional interroga al documento con el fin de reconstruir ese pasado que lo produce. El análisis arqueológico ni interpreta ni prueba la veracidad del documento, “…trata de definir en el propio tejido documental unidades, conjuntos, series, relaciones.” (1990: 10)

Análisis genealógico
Para Foucault los discursos, a parte de un significado, poseen un conjunto de relaciones sociales, a través de ellas se construye la subjetividad y se establecen las relaciones de poder. Foucault (1970) dice que son “…prácticas que configuran sistemáticamente los objetos de los que hablan…Los discursos no se refieren a objetos; no identifican objetos; los construyen y, al hacerlo, ocultan su propia invención.” (1970: 49) Stephen J. Bell (2001) interpreta que los discursos tienen significados y definiciones encubiertas previamente por la postura social e institucional de quienes los utilizan. La significación no emerge de la interioridad de un idioma, sino de algo más exterior, “…de las prácticas institucionales, de las relaciones de poder. Las palabras y los conceptos cambian su significado y efecto según el discurso en el que se desarrolla. (2001: 6) Entonces el pensamiento no es el que establece los límites al discurso, es todo lo contrario, el discurso es el que condiciona las posibilidades del pensamiento. Establece su propia especificidad para excluir o desplazar otros arreglos o combinaciones de la palabra.
Esta capacidad explica que la aplicación de las reglas o supuestos en el discurso no es en frío, su función no es sólo significar, sino ir más allá del lenguaje, dando operatividad a la amalgama de intereses, imposiciones, ocultaciones o aperturas del momento social donde se despliega. Es un juego donde el poder establece las directrices a seguir y los vetos a mantener.
Ahora bien, el poder desde un sentido genealógico tiene las siguientes características: no es negativo, como tradicionalmente se ha interpretado desde las disciplinas históricas y políticas. Para Foucault el poder es positivo ya que produce saber, deseo y sujetos. No se manifiesta de modo vertical, no va en una sola dirección, más bien se desplaza de modo reticular, en red. Así fluye microcóspicamente hasta el sujeto social. El poder se corporaliza mediante tecnologías disciplinarias sexuales, escolares, clínicas, etc. Donde existe éste es ejercido y, sin embargo nadie es dueño del poder, aunque el que lo ejerce lo hace si en una sola dirección, y lo ejerce en acto. Ahora algo que no se puede ser precisado es quien realmente tiene el poder, él no puede ser poseído o acumulado en potencia. El poder se regenera a través de las instituciones. Alcanza a los individuos y se instala en todo su ser, cuerpo, gestos, actitudes, discursos, aprendizajes y vida cotidiana. Se instala en el cuerpo a través de los discursos, por medio de la generación de verdades legitimadas por una estructura de poder determinada: Esta estructura funciona más o menos a plenitud y premia al individuo cuando se respeta ese discurso y lo reprime cuando éste se desvía.
La verdad se produce desde el poder y esto sólo se ejercita nada más que por medio de la producción de la verdad. En fin, el poder circula con los discurso en una batalla por los significados. Esto es la pelea por el poder. Cuando se impone un discurso este genera una verdad distinta a la implícita en el discurso sustituido. Entonces el objeto de los discursos requiere diversas condiciones para ser expresado. Lo que se habla en una época determinada está delimitado por el modo de ser o las reglas de la época. No se puede hablar cualquier cosa. No es sencillo decir algo novedoso, ya que ese nuevo objeto para ser expresado, no le basta con la mediación del lenguaje, precisa de unas condiciones que den existencia a las relaciones propicias para ser dicho. Y estas últimas no están en el objeto del discurso sino en las instituciones y en los procesos sociales, económicos, históricos y culturales.


BIBLIOGRAFÍA

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FLORENCE, Maurice (1984) Michel Foucault por si mismo ¨[Página en línea], Disponible: http://www.saber.ula.ve/db/ssaber/Edocs/centros_investigacion/csi/publicaciones/papers/davila-foucault.pdf [Consulta 2003, Agosto 6]
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---------------------------et. al (1970) Análisis de Michel Foucault. Buenos Aires: Editorial Tiempo Contemporáneo.